Opinión pública contra opinión publicada en Cuenca

Una crítica de la Prensa escrita local

Opinión pública y opinión publicada en Cuenca

Una concisa crítica de la Prensa escrita de esta Ciudad

Dos breves causas han motivado el título de esta bitácora que pongo en el círculo de los interesados por la política conquense. De una parte, una esperanza frustrada: la de los Independientes por Cuenca, que en la primera página de su web afirma hoy (9 de agosto de 2005) rectificar la falsa esperanza que les dio ese periodista inefable que, al servicio de su dueño, trabaja de director adjunto en El Día de Cuenca y que ha sido una de las personas aporreadoras, con su censura, de la causa de la libertad democrática en Cuenca. Por otro lado, está la lección que nos transmite a todos los estudiosos de la comunicación el profesor Juan Francisco Escobedo, en su trabajo Espacio público y cambio político, que directamente recomiendo a Javier Semprún, quien después de casi veinte años de dedicación a esta profesión no sabe aún que la democratización de estas tierras necesita de votos y voces libres, pero no autistas.
El espacio público no alude a la institucionalización de un espacio físico, institucional o a determinados formatos, para expresar opiniones tributarias del poder público. El espacio público es una frecuencia social abierta a la que concurren todas las voces con cierta capacidad de gestionar sus temas e intereses, siempre en relación con las acciones, políticas y decisiones de los poderes del Estado
, afirma literalmente el aludido profesor. Por esto mismo, el dueño de El Día y CNC y su convicta redaccción han de entender que resulta necesario alentar la expresión pujante de espacios públicos periféricos, enriquecidos con las voces y opiniones de los ciudadanos y actores sociales que a su vez se articulan con los actores sociales líderes de cada espacio, como: las organizaciones sociales, las organizaciones no gubernamentales, los sindicatos, las asociaciones de vecinos, de trabajadores agrícolas, los centros de estudios, las iglesias, etcétera. Y si, además, los actores sociales gestionan con eficacia y contundencia sus temas e intereses en el espacio público central, la opinión pública no será siempre homologable a la opinión pública oficial y el espacio público no se convertirá en el foro de rendición de tributos y alegorías a los poderes del Estado, o mejor, en el caso al que se alude, de los dirigentes del partido político que ostenta la gobernanza -mala, muy mala- de Cuenca y la Comunidad autónoma castellano-manchega, cada día más a la zaga y más distante de las nuevas estructuras de la Sociedad de la Información.
En Cuenca, al final, se ha impuesto “la dictadura de la opinión publicada”. Un hecho que me traslada a Giovanni Sartori, ese abuelete que, aparte de libros caros, también se ha pasado la vida elaborando sesudos estudios de ciencia política que hoy día ocupan un lugar muy importante en la disciplina. Y cuyo "Manual de uso de la democracia" deberían leer Santiago Mateo y Javier Semprún, cada vez que se acercan a la muchachería del PSOE a estrechar la mano para poner la saca (si no directamente, sí por la puerta sórdida de las subvenciones y..., lo que salga).
La credibilidad que obtiene el informador no es un don genético, sino una cualidad que entrega el público a la fuente. La credibilidad es cedida; el alumno la otorga al profesor, el soldado al sargento, y el televidente al informador, o sea que nadie la posee per se, como escribió Juan Manuel Rodríguez en la Revista Lationoamericana de Comunicación. Esto significa que, como puntualiza ese autor, la noticia no da cuenta de la percepción sino del hecho en cuanto conocido, entendido, comprendido e interpretado por el informador, finalmente codificado por él. Los actos posteriores a la percepción darán cuenta y aportarán las pruebas suficientes para que la información sea clara, exacta y plural, y para que posea la suficiente transparencia referencial.
La intención del periodista conforma su honestidad cuando emite la información; y su intención al percibir lo convierte no en un espectador de sucesos sino en un observador testigo, a sabiendas de que la observación no es casual, es una percepción dirigida hacia un fin, o sea, percepción intencionada. Y, amigos conquenses, ¿está ocurriendo esto en Cuenca? Para mí, no; y tiene de ello un culpable: el adjunto director de El Día.
Bill Kovach y Tom Rosenstiel son dos periodistas y destacados expertos en comunicación que se han dedicado durante el último lustro a plantearse varias de esas cuestiones. Han conversado con cientos de colegas, lectores, empresarios, anunciantes y ciudadanos del común, recogiendo opiniones, impulsando debates y tratando de averiguar, en medio de la polémica, cuáles serían los elementos del periodismo, la materia prima fundamental que, como el fuego, el agua y la tierra para los antiguos, nuclea los fundamentos de la existencia de esa profesión. Su experiencia, recogida en su libro Los elementos del periodismo, pone de relieve que el periodismo de hoy, incluidas las transformaciones que Internet propicia, sigue teniendo unos principios básicos que lo identifican como profesión. Apartarse de ellos es desertar de la propia condición de periodistas.
Estas normas están recogidas en un decálogo de nueve puntos que no me resisto a reproducir aquí y quiero aconsejar su lectura a los publicadores de la opinión conquense: '1. La primera obligación del periodismo es la verdad. 2. Su primera lealtad es hacia los ciudadanos. 3. Su esencia es la disciplina de la verificación. 4. Sus profesionales deben ser independientes de los hechos y personas sobre las que informan. 5. Debe servir como un vigilante independiente del poder. 6. Debe otorgar tribuna a las críticas públicas y al compromiso. 7. Ha de esforzarse en hacer de lo importante algo interesante y oportuno. 8. Debe seguir las noticias de forma a la vez exhaustiva y proporcionada. 9. Sus profesionales deben tener derecho a ejercer lo que les dicta su conciencia'.

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